Alliento de Vida
Ezequiel 37

QUIENES SOMOS

En el año 1984, el Señor nos concedió una visión profética inspirada en el capítulo 37 del libro de Ezequiel. A través de esta palabra, nos reveló la realidad de la humanidad: la falta de la verdadera vida que solo proviene de Dios y la profunda necesidad del aliento de vida que Él puede soplar en nuestros corazones para renovarnos y levantarnos.
Esta realidad continúa siendo evidente en nuestro mundo. Por ello, recibimos esta visión como una misión y un llamado de Dios, aceptando el reto de trabajar para que muchos vuelvan a la vida en Cristo y así colaborar en la construcción del Reino de Dios entre nosotros, sus hijos.

 

CENTRADOS EN CRISTO

Nuestros retiros están enfocados en la proclamación kerigmática: el primer anuncio de la Buena Nueva de Jesucristo. A través de este anuncio buscamos que cada persona tenga un encuentro personal con Cristo y comience una nueva vida transformada por su amor y su gracia.

 

ACCIÓN APOSTOLICA

El plan de trabajo que el Señor ha puesto en nuestros corazones para servir a la comunidad se centra principalmente en la realización de retiros de conversión. Por medio de estos espacios de encuentro, oración y anuncio del Evangelio, buscamos que las personas experimenten la misericordia de Dios y renueven su vida en Cristo.

 

En Cristo Somo Uno

Ya no estoy en el mundo, pero ellos sí están en el mundo, y Yo voy a Ti. Padre santo, guárdalos en Tu nombre, el nombre que Me has dado, para que sean uno, así como Nosotros somos uno.
San Juan 17, 11

Evangelio del dia

Sabado 07 de marzo 2026

Lectura del santo evangelio según san Lucas 15, 1-3. 11-32

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo:
«Ese acoge a los pecadores y come con ellos».

Jesús les dijo esta parábola:
«Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna”.

El padre les repartió los bienes.

No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.

Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad.

Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían ¡os cerdos, pero nadie le daba nada.

Recapacitando entonces, se dijo:
“Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”.

Se levantó y vino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos.

Su hijo le dijo:
“Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”.

Pero el padre dijo a sus criados:
“Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”.

Y empezaron a celebrar el banquete.

Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello.

Este le contestó:
“Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud”.

Él se indignó y no quería entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo.

Entonces él respondió a su padre:
“Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”.

El padre le dijo:
“Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”».

 

Dios deja abierta la puerta del regreso a todos

Miqueas, preocupado por la injusticia general envía un mensaje de esperanza en el que destaca una maravillosa pregunta: ¿Qué Dios hay como tú, que quite la culpa y pase por alto el delito del resto de tu heredad? Invoca a Dios para que guíe a su pueblo, que mora solitario en la selva, con la esperanza de que vuelvan los días de la milagrosa liberación y salida de Egipto. Una súplica por el regreso de la justicia.

A pesar de los pecados de su pueblo, Dios cumplirá su promesa, deja abierta la puerta al regreso a todos. Miqueas resalta la importancia de que regresen los que están alejados.  Y al que regresa le espera Dios con su misericordia y perdón, que “pisoteará nuestras culpas”.

¿Quién hace eso? Así le sucederá al hijo prodigo, que no recibe castigo cuando regresa a casa. El castigo ya lo ha sufrido arruinado y solo, lejos de su hogar, cuando sentía envidia de lo que comían los puercos.

El camino del regreso no se puede hacer con el mismo orgullo que lleva al pecado. Se necesita humildad para regresar a Dios. El modo es: Soy un pecador, necesito tu perdón, acepto tu perdón.

Miqueas nos transmite una actitud en la vida: esperanza en medio de la oscuridad, confianza en Dios, arrepentimiento y humildad.

Los dos hijos necesitan convertirse

El relato comienza narrando la inmensa misericordia de Jesús, su afán por salvar a todos sin excepción. No deja abandonada ni una sola oveja de su rebaño. Incluidos los publicanos y pecadores, con los que en actitud de acogida y cordialidad, se sienta a comer, aunque le cuesta las murmuraciones y recelos de los fariseos.

En el relato hay tres comidas bien diferentes. Jesús comiendo en fraternidad con los socialmente mal vistos, una envidiada comida de algarrobas de unos puercos y un banquete de fiesta. Y en el centro del relato, la historia de amor incondicional de un padre hacia sus dos hijos perdidos. Uno fuera, en un país lejano y el otro perdido en su propia casa.

Narra, dirigido a todos y con sencillez, el cotidiano error humano de confundir la felicidad con la satisfacción egoísta de los deseos individuales. El hijo menor quiere disfrutar las riquezas del hogar paterno sin limitaciones impuestas, marcha de su hogar por no sentirse libre y experimenta que cuando se terminan las riquezas efímeras, es menos libre todavía y acaba cuidando cerdos, cayendo en la peor impureza posible, y envidiando que estaban mejor alimentados que él. Es importante el v 17: “entrando en sí mismo”.

La experiencia dramática vivida provoca una evolución que da la vuelta a su vida. No es el padre el que sale a buscar a su hijo, es el recuerdo de su amor volcado en su cuidado. “Y levantándose” con humildad, se pone en marcha decidido a arrepentirse, y volver sin pensar en que le acepte en su condición de hijo, sino como jornalero, para acabar con la indigencia en la que ha caído.

Todos podemos experimentar a lo largo de la vida la caída y la necesidad de volver y de ser perdonados al regreso. Volver al hogar paterno por medio del perdón. Es una parábola dirigida a todos.

El padre ha respetado la libertad del hijo, lo ha criado con cariño y confía en que “ya volverá”. Y recupera a su hijo, al que no le deja ni terminar de disculparse. Lo viste, le pone un anillo en señal de rehabilitación de su dignidad, y lo calza dándole de nuevo posesión del hogar. Un reingreso total en la familia, con misericordia y compasión.  Así es el perdón de Dios al que regresa. Restablece la condición y se niega a aceptar la indignidad de su hijo arrepentido. Y Dios celebra una gran fiesta por cada hijo que regresa. Como decía Miqueas, ¿Qué Dios hay como tú?

El hijo mayor reacciona al regreso de su hermano con envidia por el recibimiento, con amargura e incomprensión. A pesar de que vive en casa del padre y lo tiene todo, demuestra sentir la misma falta de libertad que su hermano al marchar.

La parábola nos da una guía para la vida: la misericordia del padre, el arrepentimiento del que regresa, y la comprensión del que está dentro de casa.

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